Quiero escuchar la Palabra que da paz.
Lecturas de hoy y Meditación.
Amos 7, 12-15.
Versículo 14, comentario de J. Straubinger:
Amós es humilde y su vocación es auténtica: no es profeta de profesión ni es discípulo de un profeta; profetiza porque Dios le sacó de su trabajo de labrador y pastor en el campo. Así fue también la vocación de David, de todos los profetas y de los apóstoles, que se sentían incapaces para esta misión. Dios acostumbra sacar al pobre del estiércol para hacerlo príncipe.
Sal. 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
Comentarios de J. Straubinger
El versículo 9 dice “Quiero escuchar”: es la actitud ideal del creyente, Dios tiene palabras de paz para su pueblo, para sus santos y los que se vuelven a Él de corazón. María Magdalena había elegido esa parte de escuchar a Jesús que es la mejor (Lc. 10, 39 y 42), porque los pensamientos de Dios son de paz, no de aflicción. El Evangelio no es un código penal, es un testamento de amor. Por lo tanto, la indiferencia que existe hoy por escuchar y conocer lo que Dios ha hablado tiene consecuencias malas para nosotros. Si queremos tener la paz de Dios, hemos de volvernos a Él de corazón, no a ningún hombre, la paz del corazón viene sólo de Dios, en Él solo puede descansar.
El reinado del Mesías, Hijo de Dios, va a producir frutos espirituales de misericordia y verdad, de justicia y de paz. La misericordia de Dios se encontrará con la lealtad de su pueblo, el socorro del Cielo comprenderá la paz de Israel, de la Iglesia, de las almas. Del Cielo viene la intervención de Dios que nos redime, de la tierra lealtad, fidelidad. Desde el cielo la lluvia fecundante, de la tierra la fertilidad; habrá armonía entre cielo y tierra, entre la virtud moral y los bienes materiales. Es lo que pedimos en el Padre Nuestro: que venga el Reino de Dios y se cumpla en la tierra su Voluntad así como sucede en el Cielo.
Efesios 1,6.
“para celebrar la gloria de su gracia, con la cual nos favoreció en el Amado”.
Comentario de Juan Straubinger.
Esta alabanza de la Gracia que recibimos no es compatible con la orgullosa complacencia del hombre en sí mismo y su suficiencia. Esta suficiencia es la ignorancia de un hijo de todo lo que debe a su Padre, del hijo que no se interesa por los favores de Dios. Si despreciamos a Jesucristo, entonces agraviamos el Corazón Misericordioso del Padre y el Sagrado Corazón de Jesús. Así es como se pierde el derecho de decir que creemos en la Redención.
Efesios 1,13.
“En
Él también vosotros, después de oír la palabra de la verdad, el
Evangelio de vuestra salvación, habéis creído, y en Él
fuisteis sellados con el Espíritu
de la promesa”.
Comentario de Juan Straubinger
“Sellados con el Espíritu de la promesa”, cita a santo Tomás de Aquino: “no de acuerdo con nuestras fuerzas y nuestra dignidad naturales, sino teniendo en cuenta la fuerza infinita y la dignidad del Espíritu Santo que está en nosotros. He aquí una de las razones por las que el Apóstol llama tan frecuentemente al Espíritu Santo el Espíritu de la promesa, las arras de nuestra herencia y la garantía de nuestra recompensa”. El Espíritu Santo es la prenda de garantía, el comienzo del cumplimiento de esa divinización que ya, desde ahora, se opera de forma invisible por la Gracia dada a los que la acepten y la celebren, y que se hará visible en la Gloria. Grave error sería de nuestra parte despreciar la Gracia de Dios.
Marcos 6, 7-13
Versículos 8 y 9: “les ordenó que no llevasen nada para el camino, sino sólo un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinto, sino que fuesen calzados de sandalias, y no se pusieran dos túnicas”
Comentario de Juan Straubinger.
El Señor quiere que sus ministros, sus predicadores, confíen plenamente en la providencia del Padre, que sean desprendidos de cosas que no sean absolutamente necesarias. A un apóstol, a un predicador, le es suficiente la eficacia sin error del Evangelio predicado, que está acompañado de la Gracia.
Luego de meditar, oramos la Palabra.
Señor, Dios nuestro, incapaces somos para la misión de predicar el Evangelio, danos tu Gracia que nos fortalece y nos enriquece. Como el salmista y como María Magdalena, nosotros queremos escuchar tu Palabra que da paz verdadera a nuestro corazón. Hemos sido sellados con el Espíritu Santo que es la prenda de la Gloria eterna, por eso, confiados en tu providencia divina y en la Eficacia del Evangelio, te damos gracias por tus dones y te pedimos que seamos capaces de dar a los demás lo que hemos contemplado. Amén.
Pintura atribuida a
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