Una espina en la carne: flacos y débiles para la virtud.

 Lectura y meditación de la Palabra de hoy.

Ezequiel 2, 2-5.

El Espíritu Santo acompaña la Palabra de Dios. Los que la escuchan se llenan de ese Espíritu. Cuando buscamos esa Divina Palabra en el Evangelio, ella obra en nosotros, nos llena y nos anima al apostolado. El profeta Ezequiel es enviado a los judíos apóstatas que provocaron al Señor y, por eso, han bajado a la categoría de gentiles. El Señor, con severidad y amargura, con dolor en su corazón de Padre, les reprocha su dureza e ingratitud. En la agonía de Getsemaní Jesús vió a aquellos que durante los siglos venideros (inclusive nuestro siglo) iban a despreciar su Redención y pretenderían inutilizarla. ¿Seremos tan insensatos hoy como para despreciar la salvación que Cristo nos ofrece a costa de su Sangre? ¿Seremos como los judíos del tiempo del profeta Ezequiel “hijos de rostro duro”? ¿Seremos nuevos apóstatas, es decir, abandonaremos públicamente nuestra religión y diremos “ me alejo de la Iglesia y del Papa y me esforzaré por ser bueno”? Si el Padre quiere aplicarme gratis los méritos infinitos de Jesús, ¿habré de decirle yo que no se moleste, que voy a tratar de ser bueno por mis propias fuerzas? ¡Soberbia disfrazada de virtud! Nadie, aunque quiera, puede ser bueno por sí mismo; si Dios no nos ayuda, nuestras promesas heroicas se caen. Job prefería implorar la clemencia de su Juez antes que alegar algo en defensa propia. Gran error el de los que pensamos que, alejados de la gracia de Cristo, podremos hacer algo. No hemos entendido el misterio de la Redención ni podemos decir que tenemos fe en Él. No olvidemos nunca que Cristo no vino a buscar a los que ya son justos; sino a los que necesitamos de Él para poder ser buenos (Gal. 2,21 y ss).

 Salmo 122, 1-2a. 2bcd. 3-4.

 En cada Palabra del Salmo 122 late la confianza en el Padre. Es la fe y la esperanza del pequeño resto de Israel que está deportado en Babilonia y experimenta la miseria, la pobreza, el desprecio y las vejaciones. Esa fe y esa esperanza no desfallecen un instante, ellos fijan sus ojos en el cielo esperando la benevolencia del Padre. El salmista recurre a la imagen del siervo y de la esclava que esperan de su amo que los libere. La imagen quiere exaltar la adhesión del pobre a Dios, su esperanza y su disponibilidad en espera de la Justicia divina que destruirá el mal. El oprimido espera la señal de la mano de Dios, la señal de la justicia y la libertad. Los fieles, que están en una situación tan penosa, esperan la intervención divina que los libre del desprecio y las vejaciones de los prepotentes. Están hartos de desprecios, humillaciones. Hoy también muchas naciones están hartas de tanta soberbia y desprecio de parte de los poderosos. Los oprimidos confían su causa al Señor que no es indiferente a sus ojos suplicantes ni los decepciona. La mano liberadora de Dios ha dado y da la señal de la Redención, escuchemos a San Ambrosio, el gran Obispo de Milán:

«Cristo es todo para nosotros. Si quieres curar una herida, él es médico; si estás ardiendo de fiebre,
es fuente; si estás oprimido por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda, es fuerza; si
tienes miedo de la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si
buscas comida, es alimento»
(«La virginidad», 99: SAEMO, XIV/2, Milano-Roma 1989, p. 81, citado en Biblia Juan Straubinger, en el comentario a este Salmo). 

 

 2 Cor 12, 7-10.

San Pablo habla de un aguijón, es decir, una espina en la carne, un dolor prolongado. El apóstol puede aludir a una enfermedad o a la concupiscencia que es tan rebelde. Rogó tres veces al Señor para que le quitase esta pena, esto es un ejemplo para que no nos desalentemos en nuestras peticiones. El mismo Jesús lo enseña en Lucas, cap. 11 y cap. 18, en las parábolas del amigo y de la viuda; en franca oposición a quienes no piden con insistencia al Señor que los libere de las espinas clavadas en su carne, porque se creen fuertes. ¡Error que nos trae tanto sufrimiento!

Flaqueza, es decir, pequeñez y debilidad, es estar vacíos para que Dios nos llene totalmente con su fuerza. El pequeño y vacío está dispuesto a recibir, por eso es que El Señor lo colma de gracia. Somos sarmientos y la savia nos viene del tronco que es Cristo.

Cuando soy débil, entonces soy fuerte. Es una paradoja, es decir, un hecho que en apariencia es contrario a la lógica. Santa Teresita de Lisieux sacó de este pasaje su sentencia: “Amen su pequeñez”, no se trata aquí de pobreza y humildad material; sino de que somos incapaces por nosotros mismos de tener grandes virtudes, somos débiles en lo espiritual e insignificantes; de manera tal que no nos queda otra opción que reconocer nuestra nada y pedir continuamente como mendigos delante del Señor. Por eso mismo es que no podemos pretender encontrar algo mejor que su Voluntad ni querer complacerle de manera distinta a como quiere Él. Según Juan Straubinger, quien vive así, es decir, pensando que va a encontrar algo mejor para sí que la Voluntad de Dios, ese tal no ha comprendido el Evangelio y está “triste por no ser santo”. ¡Gran ceguera! Dios da alegría, no tristeza. Llena de fuerza a los que se reconocen débiles y niega esto a los que se creen grandes y fuertes.

Cierta vez Jesús dijo a Santa Catalina de Siena: "Hija mía, tú eres quien no eres y Yo Aquel que Soy". Hizo de ello la norma de su vida. Y Dios hizo en ella y por ella grandes cosas. Reconozcamos nuestra nada y pidamos a Dios como mendigos.

En el Evangelio de hoy ( Mc. 6, 1-6) Jesús se lamenta de la falta de fe de su ciudad y del desprecio de ellos hacia Él y su Palabra de Vida. Es el desprecio de los que niegan públicamente la salvación que trae el Redentor, de aquellos que se creen fuertes y creen no necesitar a Dios, el desprecio de los prepotentes, de los opresores y soberbios, de los que se sienten llenos según el mundo y creen tener grandes virtudes alejados de Dios.


Oramos con la Palabra.

Señor Jesucristo, incapaz me considero para la virtud, nada bueno puedo hacer; ¿qué es lo que puede salir de una llaga infectada, de un muladar? ¡Podredumbre y mal olor! Yo también tengo una espina en la carne, te pido con insistencia que me la quites. De mí sólo salen pecados e injusticia. Piedad de mí Jesús, que no sea tan necio de inutilizar tu gracia, que ame mi pequeñez y entienda que nada soy. Sólo Tú eres quien Es y eres mi fuerza, mi savia para ser bueno. No me dejes nunca Señor. Cura mi herida, sacia mi sed, sé mi justicia, mi vida, mi camino, mi luz, mi alimento. Amén. 

Comentarios a los textos por Juan Straubinger en Santa Biblia.

 http://www.curas.com.ar/Documentos/Straubinger/Indice.htm




 

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